La Libertad Avanza barrió en las urnas y el kirchnerismo se desmorona. Cristina Kirchner, la gran arquitecta del desastre, eligió mal a sus soldados y terminó hundiendo el barco. Ya no emociona, ya no asusta, y sus bailes de balcón quedaron como una parodia triste del poder que supo tener.
El pueblo habló —y habló fuerte.
Lo que se vivió fue una paliza electoral de esas que hacen historia. Más de dos millones de votos se esfumaron del mapa K. Ni los aparatos, ni los gobernadores, ni los spots con épica setentista pudieron contra la bronca de una sociedad que decidió cerrar una etapa.
El kirchnerismo envejeció, perdió calle, perdió relato y perdió alma. Lo que vimos no fue una simple derrota: fue el acta de defunción de un movimiento que ya no conecta con nadie.
Del otro lado, Milei celebra. Pero que no se confunda: el voto fue un grito de advertencia tanto como de esperanza.
La gente lo eligió para cambiar, no para seguir gritando. Si quiere sobrevivir, tendrá que dejar el personaje y empezar a gobernar.
La Argentina no quiere gurúes ni redentores: quiere resultados.










