La Feria del Libro abrió puertas para los “de la industria” y dejó al descubierto una pelea feroz por la supervivencia del libro en Buenos Aires. Entre precios que incendian bolsillos y la avalancha de autoedición, la bronca y la incertidumbre se respiran en cada stand.
La previa en la Rural no fue la postal amable que imaginan los turistas: fue un ring. Gente con cajas que corren, editores que discuten a los gritos y libreros que ya compran para subsistir. Lo que prometía ser un ritual cultural se transformó en una escena de furia contenida. La voz más repetida: “esto no da para más”.
En los pasillos se escuchan datos que caen como bombas. El editor GERMÁN ECHEVERRÍA advierte que la autoedición se come el mercado y que en Estados Unidos el 85% de los títulos ya se publican solos. En el stand de Corea exhiben a HAN KANG como trofeo, pero el clamor real viene del bolsillo de la gente: entradas carísimas y libros que cuestan un ojo. Indignación en CABA y bronca en el GBA.
La tecnología metió su cuchillo: hay murmullos sobre audiolibros carísimos, voces clonadas por IA y decenas de libros leídos gratis en YouTube. FLAVIA PITTELLA y las editoras FLORENCIA CAMBARRIERE y TRINI VERGARA lo repiten con desesperación: producir cuesta una fortuna y las plataformas se quedan con todo. ¿La receta? Licenciar, bajar costos o ver cómo la industria se desangra.
Y mientras algunos discuten sobre premios y quién debería haber ganado, hay una sensación generalizada de que la Feria ya empezó para pocos. Entradas que suben, filas para firmas y negocios que se cierran en los pasillos: la gran fiesta porteña no oculta la crisis que hierve detrás de las alfombras rojas.









